Centro de recuperación para lesionados medulares

Fundación SBS
Quiero explicaros una historia. La de un niño que nació el 18 de Julio de 1990, en Barcelona. El niño nació antes de lo que estaba previsto, de las ganas que tenía de ver el mundo, y con el paso de los años sus ganas de conocer gente y cosas nuevas no hicieron más que aumentar todavía más.

Cuando tenía cuatro años e iba de excursión con sus padres acostumbraba a desaparecer a los pocos minutos para ir “a descubrir caminos secretos”. Cuando iban a comer a un restaurante, se iba “a hacer amigos”, y al cabo de poco rato volvía, siempre acompañado, a presentar sus nuevos amigos a sus padres. Cuando cumplió 5 años, ya empezaba a guardar dinero para viajar cuando fuera mayor.

 Pasaron los años y la vida de aquel niño sufrió contatiempos. Entre ellos, una leucemia. Una enfermedad a menudo mortal, pero que a él sólo lo dejó en una silla de ruedas. Pero no importaba. Era un niño particularmente tozudo, que había venido al mundo con una idea clara, y pocas cosas podían hacerlo cambiar.

Actualmente tengo 17 años, y he estado en Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Grecia, Gran Bretanya, Italia, Bosnia, Serbia, Hungria, Tailandia, Malasia, Singapur, Japón... y, por descontado, en la mayor parte de mi país. Tengo muchos viajes pendientes. Para empezar, este verano marcho 6 meses a Sud-américa y otros 6 por Africa.

A pesar de todo, lo que más sorpendre a la gente no es que haya viajado a tantos sitios sino la manera en que me gusta viajar. Totalmente solo. Ni familia, ni amigos, ni nada. Sólo yo, la silla y la mochila. La verdad es que la silla de ruedas no me causa ningún problema, más bien al contrario. Con los años he aprendido a aprovechar la compasión y la buena predisposición de muchos en innumerables situaiones: desde calmar a un revisor de tren para el que no tienes billete, hasta conseguir que no te hagan pagar en los supermercados (quizás podeis pensar que esto no es lo correcto, pero si una silla de ruedas me ofrece desventajas en la vida, ¿por qué no puedo aprovechar también sus ventajas?).

Volviendo a mis viajes, no sólo voy por mi cuenta, sino que prácticamente tampoco llevo dinero. Lo justo para comer. Y es por esto que a menudo duermo en playas, parques y metros. Pero en verdad, no se puede decir que esté precisamente solo. En cada viaje conozco muchísimas personas, cada una más sorprendente que la anterior, que a menudo me acogen en sus casas, me enseñan sus ciudades o me llevan a sitios que sólo ellos conocen.

Supongo que cada viajero tiene una razón para viajar: algunos lo hacen para desconectarse, otros para probar comidas exóticas, otros para ver monumentos y sitios interesantes, otros para visitar a un amigo o familiar. Y en mi caso, yo lo hago por la gente, y es por esto que siempre que alguien me pregunta por un viaje, lo primero de lo que hablo es de las personas que he conocido, ya que son las pesonas, y no los paisajes, las que pueden dar sentido a un viaje, marcándote para siempre con su recuerdo.

 En fin, la verdad es que tengo centenares de anécdotas sobre personas extraordinarias que he ido conociendo, pero en un momento o en otro debo parar. Seguramente os dejo con muchas preguntas por responder: cómo viajo de un sitio a otro, qué dificultades encuentro, cómo gasto tan poco dinero, qué sitio es el mejor para viajar... pero os daré una respuesta que vale para todas las preguntas: ¡descubrirlo vosotros mismos!

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Cartas de Albert desde sud américa

Colombia

Pues sí, es cierto, por mucho que no os lo esperaseis y os pueda parecer mentida…ha llegado la hora del llamado mail kilométrico.
Realmente han pasado muchas cosas desde que llegué a Colombia, pero será mejor que empiece por el principio. Y el principio fue llegar a un país nuevo, de un continente nuevo y con una cultura diferente a todas las que había visto hasta el momento.

Porque no se si pasará lo mismo con el resto de Sudamérica, pero Colombia es un país muy, muy especial. Una de las cosas que me sorprendió i aún me sigue sorprendiendo de Colombia es la “antitecnología”, una característica que parece profundamente arraigada en la mentalidad de toda la gente del país. Esta filosofía se podría resumir fácilmente de la siguiente forma: “todo lo que pueda hacer una persona, mejor que lo haga una persona”. Y una afirmación tan exagerada, llevada al límite, tiene muchas consecuencias. Quiere decir que en la calle no hay cabinas de teléfono (¿una máquina que no requiere intervención humana? ¡Impensable!). Lo que hay son centenares de vendedores de “minutos de celular” repartidos por la calle, llevando encima 3 o 4 móviles y vendiendo minutos de llamado por lo que serian unos 8 céntimos de euro el minuto.

También significa que en los restaurantes no hay máquinas registradoras. Ni menú. Ni tan solo un cartel que indique que un restaurante ES un restaurante. En su lugar te encuentras un hombre que se encarga de anunciar desde la entrada: “¡almuerzos, almuerzos a 3000 pesitos!”, otro hombre que solo se encarga de llevarte a la mesa, otro que te recita de memoria el menú y los precios, un cuarto que trabaja de máquina registradora cobrando la comida y devolviendo el cambio,  un quinto que parece no tener ninguna función muy definida pero que esta allí por si fuera necesario, no nos fuéramos a estresar con tanto trabajo. Porque como veis, en Colombia los trabajos estresantes o complicados no están muy de moda.

Esto puede parecer un desperdicio de mano de obra, pero a mi me parece que es un manera genial de montarse la vida. Hay gente cuyo único trabajo es abrir las puertas del autobús, saludar a los pasajeros que entran y darles conversación (entra dentro del contrato) para que no se aburran. Por no hablar de la sospechosa cantidad de gente que se acumula en las paraditas de la calle, supuestamente vendiendo cigarrillos y bolsas de patatas, y que dan la impresión  que vender una bolsa de patatas es la menor de sus preocupaciones en esta vida.
Vaya, que al contrario que en Japón, en Colombia el trabajo es una mera distracción, en ocasiones un mal necesario (aunque la jornada media de trabajo es de 6 horas), en ocasiones una manera de hacer ejercicio o relacionarse socialmente, pero nunca nadie olvida que no se vive para trabajar, sino que se trabaja para vivir.

Dejando el tema del trabajo, otro tema interesante (derivado inevitablemente de que sean las personas i no las máquinas las que lo controlan todo) es que en Colombia todo es relativo. El precio del billete de bus para una mujer varía drásticamente dependiendo de la opinión del conductor respecto al aspecto físico de la mujer y no hay nada planeado ni estructurado. Ir al quiosco a comprar UN cigarrillo (no un paquete, no, un cigarrillo) es la cosa más normal del mundo. Cuando tienes que comprar una medicina, lo más lógico es que compres una sola pastilla y no la caja entera. Total, ¿para que? Si necesitas más pastillas, ya las comprarás. Y por no hablar de todos los pequeños “apaños”, trampas, mentiras y estafas que se realizan a diario y por las que nadie se enfada, porque todos las hacen y por lo tanto es justo y lógico que se las hagan a ellos. Sin ir más lejos, el primer día que llegué a Bogotá se me acercó un niño para proponerme que fuéramos a comer juntos. Yo acepté, inocente, y al cabo de pocos minutos estábamos en un restaurante mientras el niño dejaba ir una bola increíble explicando que yo era un europeo y que me lo habían robado todo y que ahora estaba esperando a que mi hermano me viniera a buscar desde Venezuela… dejando claro, de alguna manera, que todos mis problemas se arreglarían si nos daban una comida gratis a los dos. Lo más sorprendente es que funcionó y media hora más tarde aún miraba estupefacto mi plato de pollo con arroz, mientras mi “amigo” devoraba felizmente el suyo sin el más mínimo remordimiento.

En fin, ahora que ya os he introducido ligeramente a la relajada mentalidad colombiana, creo que también tengo que hablar un poco del viaje y de las cosas que me han pasado estos últimos días.
El caso es que, mientras estuve en Bogotá, tenía muchas cosas para hacer como para preocuparme excesivamente del modo en que acabaría viajando cuando me fuera. Pero al final me fui, aunque fuera temporalmente, y me encontré en la compleja situación de siempre. Estás en una ciudad gigante, con más habitantes que Cataluña entera, donde hacer autostop es sencillamente ridículo i quieres irte de allí. Bien, la opción más habitual es colarse en un bus para ir hacia las afueras y una vez allí hacer autostop. Así que decidí que eso es lo que haría.
Sin embargo, tal como llegué a la estación de autobuses me di cuenta de que Colombia es un país lleno de “Alberts Casals”, donde no hace falta ensuciarse las manos haciendo cosas ilegales: las calles están llenas de gente deseosa de hacerlo por ti.
Hay una palabra mágica que tendría que estar escrita en letras mayúsculas de la medida de una página a todas las guías turísticas de Colombia. La palabra “colaborar”. Sí, esta humilde palabra, que en España no se diferencia de la palabra “ayudar”, aquí tiene unas implicaciones muy diferentes. Porque en Colombia ayudar es ayudar, pero colaborar… colaborar vendría a ser “ayudar sin un gran respeto hacia las normas establecidas”, por decirlo suavemente. En el caso de los buses, solo me hizo falta mencionarle al encargado de información turística que necesitaba que “me colaborara”  un billete de bus y al instante se le iluminaron los ojos de ilusión hacia las infinitas posibilidades y estrategias en cuanto a conseguir que un pobre niño en silla de ruedas suba a un bus sin pagar. En serio, aquí, cuando pides ayuda para hacer una cosa ilegal te sientes como si le estuvieras haciendo un favor a alguien. Solo de ver la ilusión y las ganas con las que la gente se dispone a romper la aburrida rutina y ya de pasada, la ley.

El caso es que llegué a las afueras y para mi infinita alegría descubrí más por la que Colombia es el país de mis sueños: porque en Colombia nunca les ha llegado el concepto de las aburridas y monótonas carreteras europeas, y si les ha llegado, no les ha gustado. A decir verdad, eso de los coches circulando de manera silenciosa por las carreteras asfaltadas no supone ningún atractivo al país, de modo que en  Colombia, las carreteras viven una saludable pluralidad entre transeúntes y coches. No existe ninguna carretera en todo el país (las autopistas no se han inventado) donde no sea perfectamente normal encontrar un hombre tirando de una vaca o una mula, mientras a su lado van pasando camiones a toda velocidad. Hileras de cinco  niños siguiendo a su madre por el margen de la carretera son el pan de cada dia y cuando un vagabundo bloquea el paso de los coches con su carreta de madera, lo máximo que hace la gente es pitar sonoramente para despertarlo.
De acuerdo, puede ser que esto contribuya a hacer las carreteras ligeramente más lentas para los coches, ¿pero quién no sacrificaría un poco de velocidad a cambio de tanta diversión?
En mi caso, como os podéis imaginar, eso supuso la realización de al menos una docena de fantasías en las que siempre he soñado, en el mismo pack en el que se incluye ser abducido por un ovni o ser un colonizador de Marte.
Decidí que había llegado la hora de hacer un paso evolutivo más y en ves de hacer autostop, me dispuse a caminar. O rodar. Y a mis ojos se abrió un mundo entero de posibilidades que aún estoy explorando. Dado que en Colombia la edificación es básicamente libre ( aunque en teoría no sea así), las carreteras están pobladas por casa esporádicas a banda y banda, acompañadas de hierba, selva y montañas que les recuerdan a los colombianos que su país aún no ha sido domesticado. De ese modo, recorrer a pie los 60 kilómetros que separan Girardot de Ibagué fue un viaje en si mismo, a lo largo del cual conocí todo tipo de gente, fui acogido por familias, la policía me regaló limonada, ayudé a un niño de 6 años a reparar su cometa para hacerla volar (maravillas de la cinta americana), acampé con vagabundos, ayudé a cultivar curuas, ordeñé vacas y di conversación a conductores de autobús que paraban a descansar. Una forma radicalmente nueva de viajar e increíblemente divertida en un país como Colombia, donde el solo hecho de encontrarse a un europeo en silla de ruedas  y con el pelo azul viajando solo, es un acontecimiento que se explica a los bisnietos.

Y este es otro tema que se ha de mencionar, porque en Colombia se han reunido una serie de componentes explosivos que han tenido consecuencias sorprendentes. En primer lugar, todo el mundo habla español, de modo que puedo hablar incluso con niños de 3 años. En segundo lugar, Colombia es uno de los países con menos turismo del mundo, sobretodo en las zonas de campo y un turista es un acontecimiento en si mismo. Pero es que en tercer lugar, en Colombia la gente tiene unas ganas terribles de divertirse y ver cosas nuevas (ya he dicho que es un país de Alberts Casals”). En consecuencia, la llegada de un viajero que sabes que hace trucos de magia, tiene un instrumento rarísimo con el que toca música de Mago de Oz (todo el mundo conoce Mago de Oz), sabe decir palabras en once idiomas diferentes y tiene una silla de ruedas en la que lleva niños y hace piruetas (he llegado a ver 8 niños, sin exagerar, 8 niños subidos simultáneamente en mi silla de ruedas) es un evento capaz de revolucionar una ciudad entera. Y esto no es una exageración, porque es exactamente lo que he vivido en Ibague.

El día que llegué me disponía a cruzar por un puente hacia la ciudad de Cali cuando de golpe empezó a temblar todo, empezaron a caer trozos de hielo del cielo y el puente que iba a cruzar se derrumbó. Todo pasó tan rápido que pareció casi una película y al cabo de poco rato había bomberos, una cola kilométrica de camiones impacientes y cinco muertos. Y ya que nunca se tiene que desaprovechar una oportunidad, decidí que la cola de camiones era el sitio ideal para pedir si alguien me podía llevar hasta Cali. El caso es que al cabo de poco rato aparecieron unos niños para ver lo que había pasado y como un puente derrumbado no es una imagen que consiga mantener el interés de los espectadores durante más de 5 minutos, al cabo de poco rato estábamos jugando con los niños al cuatro en raya y haciendo trucos de cartas. Lo más sorprendente es que los niños colombianos, por pura evolución darwiana, han desarrollado una especia de comunicación similar a la de las hormigas, de tal manera que cuando un niño descubre alguna cosa interesante, solo hace falta esperar unos 30 minutos para que aparezcan 20 más, todos ellos dispuestos a absorber hasta la última gota de diversión existente. Supongo que no es necesario seguir, pero al cabo de pocos minutos había un círculo de decenas de niños tratando de ver la magia del mago en silla de ruedas y cuando los adultos acabaron por acercarse a ver que era eso, se sorprendieron tanto o más que los niños.

El resultado es que actualmente estoy en la ciudad de Ibagué, retenido por centenares de ciudadanos que avisan al gobierno cada vez que planeo la idea de seguir viajando y visitando dos o tres escuelas diariamente. Me han llevado a dar conferencias, me han llevado a hacer magia, he conocido diferentes familias y estoy acogido en una casa en la que viven como mínimo 25 personas diferentes (sí, aquí las casas son un concepto bastante más plural que en Europa) que cada vez que me ven me proponen para ir a algún sitio o hacer alguna cosa que aún no he hecho. No es de extrañar que tenga Internet para escribir este mail, solo ha sido necesario plantear la idea que quizás estaría bien tener Internet para que se me ofrecieran 12 casas diferentes para utilizarlo.

Bueno, ya veis que estoy perfectamente. Creo que tendría que ir acabando. Tampoco se debe abusar de la confianza de tus anfitriones y en media hora me vienen a buscar para llevarme a seguir un tour en bus para recoger niños de sus escuelas. Pero volveré a escribir, porque no he podido explicar muchas de las cosas que quería contar (y no son pocas, no son pocas).

¡Hasta la próxima!

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Octubre - Colombia

¡Hola a todos!
Nada, aprovechando que tengo un rato porque Diana ha ido a hacer un ensayo, os envío el mail habitual para que sepáis que estoy vivo. Sobre el viaje, todo parece indicar que el próximo martes continuo mi viaje bajando hacia Ecuador, así que se acaba mi tiempo en Colombia. Esta claro que regresaré a mediados de Diciembre para viajar con Diana, pero entretanto espero aprovechar todo el Octubre, Noviembre y parte del Diciembre para ir bajando hasta Argentina (será entonces cuando se volverán a repetir los mails largos explicando las aventuras y el resto). Entretanto, estoy pasando unos días bastante sedentarios tratándose de un viaje, pero eso no significa que no estén siendo muy divertidos y muy activos. Estamos haciendo y organizando muchas cosas (la casa de Fomeque, las visitas a las escuelas de los pueblos perdidos de Colombia,…) y yo estoy aprendiendo mucho (magia, marionetas, como convertir una pacífica escuela de primaria en una revolución armada en 2 minutos y 17 segundos…).

También podría destacar que ya domino perfectamente el suramericano, que es un idioma tan lleno de palabras propias, que requiere un aprendizaje en si mismo. Bacano, berraco, chévere, pelao, chino, colino, chimba, gonorrea, mamera, chamo y chusar son algunas de las palabras que no tardas en aprender si quieres mantener una conversación decente  con cualquier colombiano, sobretodo si estas en las zonas de campo. Por no hablar de las palabras que tienes que “re-aprender”, que no se limitan a las famosas “concha” y “coger”, sino que afectan a muchas otras palabras como cola, tinto, mano, canguro, saco, mula, contenedora, buzo y droga. Y de las palabras que tienes de “des-aprender” como lavabo, móvil, pañuelo, patata, ordenador, coche o grifo. Y si encima aspiras a comer, ya no digamos fruta, recomiendo que tengas un diccionario o un traductor a mano, porque que sepas que son la lechona, el tamal, el envuelto, el patacon, la arepa, la pitaia, la curua, la papaia, el mamei, la luba, el aguacate o el chontaduro. Lo más terrible es que una vez llegas a la cima del vocabulario suramericano y contemplas orgulloso la cantidad de palabras que has aprendido, llega un inocente colombiano y te dice que “cuando llegues a Girardot mejor que no des papaia, chamo”, introduciéndote así al temible mundo de las expresiones propias, que no incluyen una sola palabra, sino una COMBINACIÓN de palabras con un significado totalmente diferente.
Afortunadamente, a estas alturas ya soy capaz de entender lo que me dice la inmensa mayoría de personas, encontrándome en dificultades solo cuando hay que dialogar con un viejecillo o viejecilla de algún pueblo aislado, donde el dialecto se dispara hasta el punto de mezclar palabras indígenas con palabras en castellano como la cosa más normal del mundo.

¡Que vaya muy bien y que paséis unos dies bien bacanos hasta que vuelva a escribir!
PD: Por si lo preguntáis, “¡trulala!” es la salutación tradicional de los gnomos verdes de la ciudad Conde Petie, FFIX. 

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Hola! Envío este mail a la gente que en los últimos meses me ha preguntado donde estaba, a la gente que creo que le puede interesar, y a quien me da la gana básicamente.

Le escribo porque hace tiempo que no escribo casi nadie, en parte, y también porque los últimos días han estado probablemente los mas intensos de mi viaje (que ya hace seis meses que dura ). El mail es largo, así que si no tenemos tiempo o te hace palo deja de leer ahora. Es comprensible.

Para los que hayan seguido leyendo y no sepan nada reciente, así como un resumen rápido (porque si tuviese que explicar todo estaría haciendo un segundo libro ), los últimos seis meses como ya sabían los he pasado por Sud América. Estuve por Colombia viendo derrumbes de puentes, aprendiendo magia e hipnosis, haciendo conferencias a universidades, rescatando gente con bomberos y conociendo gente de todo el país.
Después estuve por Ecuador, donde tuve accidentes del coche, tuve que aprender a pescar en alta mar, visité pueblecitos de pescadores aislados y despoblados y, alguna cosa más tendría que hacer que yo no recuerdo. En Perú estuve viajando con contrabandistas por el desierto, conocí tribus indígenas, visité pueblecitos aislados de la montaña, ayudé a una niña que se fugó de casa a encontrar un lugar nuevo para vivir y también a aprender a viajar, me uní a sectas revolucionarias de campesinos, nadé en lagos embrujados donde se supone que tendría que haber muerto ahogado por el solo hecho de nadar…y entonces , así sigue por todos los países, sumando las cosas habituales ( dormir con vagabundos en la calle, viajando sin gastar un solo euro y haciendo autostop…lo de siempre ) y todas las cosas que no he puesto, porque solo eran algunas ideas generales.

Ahora que ya estamos introducidos a como fueron las cosas en general, pasamos al siguiente paso, que era lo que sabía la mayoría de gente, que durante los próximos días, ahora que ya volvía a estar en Colombia, tenía el objetivo de cruzar el Darien Gap. Que es el Darien Gap? Básicamente, unos 300km cuadrados de selva inexplorada, llena de murciélagos, vampiros que devoran persona y caballos, que prácticamente nadie en el mundo ha conseguido cruzar por tierra. Evidentemente, no hay carreteras. El Darien es el único obstáculo que impide ir desde Canadá hasta Argentina en coche, básicamente, ya que incomunica totalmente Colombia y Panamá, y yo quería ir a Panamà.
Es por esto que decidí que lo cruzaría, o que lo intentaría, y mi idea era cruzar por mar pidiendo a los barcos que me fuesen llevando de isla en isla o de puerto en puerto,
Para darle más emoción, mi objetivo era cruzarlo sin dinero ( como durante todo el viaje.. ya son seis meses viviendo sin un solo euro, ni tres al día ni historias), porque evidentemente, hacerlo con pasta no tiene dificultad.

Ahora es el segundo momento para parar si te hace palo leer el que viene a  continuación o si tampoco tienes tantas ganas de saber que hacen los Alberts locos cuando viajan. En caso contrario, sigue leyendo bajo tu propia responsabilidad.

Entonces empezamos por el principio: la verdad es que, al principio, la cosa fue increíblemente bien. Se suponía que estábamos en una época de tormentas destructivas, pero durante todo el viaje por el norte de Colombia en barcas de percador o “pangas” el clima parecía que no podía ser mejor: de hecho, el primer día no hizo ni un poco de lluvia, y el segundo nos acompañaron un grupo de delfines durante todo el viaje, dos fenómenos que, sumados a los juegos de magia y que inevitablemente hacía a los puertos, consiguieron que dejase de ser el Albert i pase a ser” el Gringo Mágico”, los pescadores se peleaban, literalmente, para llevarme en su barco, porque se suponía que llevaba buena suerte.
Parecía que la cosa no podía ir mejor, y entonces fue cuando llegué a Puerto Obaldia, tranquilo y relajado, creyendo que la travesía del Darien ya se podía dar por superada.

Pero había un detalle que debería de haber tenido en cuenta, y es que todas las “guías” para cruzar el Darien con poco dinero ( los oficiales de Puesto Obaldia me confirmaron oficialmente que soy el primer occidental de la historia en cruzarlo sin un dólar ) acababan a Puerto Obaldia: allí te decían que cogieses el avión hasta Panamá, que solo costaba 50 dólares y que se encargarían  de que tu travesía acabase feliz y satisfactoriamente. Pero yo, evidentemente, pensé que rebajarse a pagar 50 dólares, cuando parecía que ya había hacho la parte más difícil sin un duro, era una tontería. Supuse que lo que me quedaba, si seguí en barco, ya sería poco…pero no.

Desafortunadamente, a esas pocas personas suficiente estúpidas y suficiente valientes ( me cuento al primer grupo ) como para seguir desde Puerto Obaldia por mar les espera una de la aventuras más bestiales del mundo, sobretodo si escogen, como yo, la peor época del año para cruzar.
Es un trayecto que entre enero y abril se considera “ no navegable” a causa de las tormentas y del estado del mar, y es por eso que los barcos de pasajeros sencillamente no existen. Pero es que no es solo eso: aparte del clima o de las tormentas, hay otro factor que se encarga de disuadir los viajeros normales. Por lo que se ve, antes de llegar a terrenos civilizados tienes que cruzar el archipiélago Kunayanga, un conjunto de 360 islas habitadas por los indígenas Kuna, indígenas famosos por su sanguinaria revolución hace 80 años, que falló pero que todavía celebran ( los catalanes no somos los únicos!), que no hablaban castellano y que tienen islas donde no van ni los antropólogos. Aún así, cruzar es teóricamente posible, ya que todavía te quedan las pocas lanchas motoras que se atreven a intentar el viaje a cambio de los enormes beneficios que comporta tener el monopolio del comercio con los Kuna durante cuatro meses.
Todo esto no lo estoy sacando de una película,  pero lo parece. I evidentemente, la idea de tener una película de Indiana Jones en potencia a pocos kilómetros de distancia me imbuyó de tal poder de convicción que, al día siguiente de llegar a Puerto Obaldia, me encontraba en una lancha en dirección a Colón, la primera provincia civilizada de Panamá.

 El viaje comenzó razonablemente bien, porque entre las 360 islas Kuna, hay islas e islas. Están las islas salvajes y las islas comerciales, que son las que han descubierto que, a cambio de no torturar los extranjeros y de un poco de marisco o perlas, pueden obtener cosas como pollos o utensilios de cocina. Así que comencemos el recorrido por islas seguras, donde siempre había algunas personas que hablaban castellano casi perfecto y no iban viniendo lo que llegaban.
Los problemas comenzaron cuando, por un pequeño error de cálculo (¿¡como que gastaste el barril de gasolina en Kuotipi!?), descubrimos que no teníamos suficiente combustible para llegar a la siguiente isla comercial. ¿Todos sabemos lo que esto implica, no? Efectivamente, tocaba introducirse en terrenos inexplorados. El primer intento, supongo que por falta de práctica, no fue muy exitoso. Lleguemos a una isla y nos recibió un nativo (vestido de nativo y todo) que nos dijo, no de muy buen humor, algo que sonaba como “maka leke!”, ni que probablemente un antropólogo me podría dar una versión más exacta. El problema  comenzó cuando me quité la capucha y el nativo vio que en el barco había un occidental. Pronto comenzó a llegar gente, y un Kuna que hablaba un poco castellano balbuceó algo como “gringo paga 200”. No deja de ser sorprendente que, incluso entre una maldita tribu indígena aislada, exista la idea de que los occidentales tenemos dinero. Malditos países capitalistas, siempre tan exhibicionistas.
En todo caso, no se porque carajo los indios quieren dinero (o bien mirado, supongo que ya todo el mundo ha descubierto que estos papeles verdes sirven para comprar muchos pollos), pero yo no tenia (¡y menos 200 dólares!), así que las cosas no tardaron en complicarse. Sería difícil relatar el caos y la confusión que siguieron, pero podemos dejarlo en que acabamos huyendo, literalmente, a toda la velocidad de la lancha ( y gastando el poco combustible que nos quedaba), tirando al agua cuatro indígenas Kuna que trataban de evitar que la lancha se escapara aguantando la cuerda que sirve para ligarla a los puertos. Ya me esperaba que nos persiguieran con canoas, pero por lo que se ve no quisieron completar el pack de persecución indígena y la diversión acabó prematuramente.
En la segunda isla tuvimos más suerte, solo llegar descubrí que había una niña de 10 años que hablaba español porque sus tíos vivían en una ciudad civilizada y ella había vivido tres años con ellos. Se llamaba Katsyuska, e inmediatamente se convirtió en mi intérprete oficial, así que mientras los tres Kuna vivían en cabañas y no tenían electricidad y luz, lo que si tienen es gasolina comprada de los comerciantes), yo me convertí en la primera atracción turística que los indígenas habían tenido en años. Hice magia, jugué a “pilla-pilla” con los niños Kuna, me invitaron a una cabaña a comer arroz con gambas, toque música con ellos y enseñé a los Kuna a hacer piruetas en la silla de ruedas (una escena un poco surrealista, realmente, la de ver todo un poblado indígena animando a gritos un chico Kuna de 15 años para que consiguiese aguantar diez segundos haciendo el caballito, como si se tratase de una de aquellas pruebas de virilidad que hacen que cuando lleguen a la mayoría de edad ). Ni que, probablemente, lo que más les fascinó fue mi linterna que funciona sin pilar (aquella que tiene una manivela y que funciona con energía que generas dándole vueltas): para los Kuna, las linternas son, en general, como una hoguera de larga duración. Hacen luz un tiempo hasta que eventualmente se apagan i no sirven de mucho. ¿Pero una linterna que puede hacer luz eternamente? Esto es lo más parecido a magia que había hecho durante toda mi estada y cuando  al final les regalé parecía que les hubiese dado un poder sobrenatural. Por esto no es de extrañar que, cuando al final me comunicó que nos quedaríamos a la isla a dormir, yo tuve más casas para escoger de las que podía contar.

Con suficiente gasolina para llegar al siguiente poblado comercial, parecía que ya no podía fallar nada, pero se nos olvidó de la otra razón por no viajar por esta ruta: las supuestas tormentas que destrozan a los inocentes navegantes.

Yo me fui del poblado Kuna tranquilo y feliz, y así seguí durante todo el día hasta que, finalmente, los pronósticos se hicieron realidad.
Normalmente, cuando los barcos comiencen a tambalearse, tú eres el que tienes miedo a volcar y son los marineros los que te dicen “tranquilo, es normal, no puede volcar de ninguna manera”. Pero cuando la cosa va al revés, y comienzas a sentir murmullos de “eso está muy pero muy mal..” es cuando te coge el miedo de verdad. No creo que sea capaz de describir una tormenta como la que viví ayer, en una lancha que parecía diminuta al lado de las olas gigantes, pero intentaré daros una idea. Básicamente, es como hacer surf pero en versión gigante. Las olas miden cuatro veces más que las que ves a la televisión cuando hacen surf, y en lugar de una plancha de surf, tienes una lancha. El resto funciona igual, colocas todas las maletas y el peso de la lancha al lado por el que vienen las olas y a partir de aquí tienes que surfear las olas, avanzando por el lado antes de que te caiga encima y te aplaste pero sin que se te lleven hacia arriba y te hagan volcar. Desafortunadamente, por lo que se ve es prácticamente imposible evitarlas todas, así que cada cierto rato tienes que aceptar que al chorro de agua continuo que te cae a presión en la cara y que trata de arrancarte de la barca se sumará una ola gigante. Al principio es posible (yo no diría fácil, pero si posible) aguantarse con todas tus fuerzas a la cuerda y evitar que la ola te tire de la lancha. Pero con el tiempo, los brazos se te comienzas a cansar, comienzas a tragar agua, y las cosas se complican…o al menos así me fue a mi.

El único que se es que, al cabo de lo que a mi me parecieron horas, me cayó encima una ola bestial ( ¿la número 30? ¿40?) y ya no recordé nada más
Cuando volví a abrir los ojos, estaba escupiendo agua y vomitando la comida (¿todavía me quedaba?) a la lancha, y la cabeza me hacía un dolor impresionante. Según me dijeron, la ola me envío volando y yo me di un golpe en la cabeza contra la borda, y por eso quedé inconsciente. Afortunadamente llevaba la armilla, y con lo que peso las armillas me hicieron flotar como si fuese corcho, así que me pudieron rescatar y me volvieron a subir a la lancha. Y, también por suerte, se ve que caí cuando ya faltaba poco para llegar, porque en el estado que estaba no creo que hubiese podido aguantar mucho rato. En otras condiciones hubiese podido felicitar al conductor por el estilo con el que atracó al pueblo de Miramar, montando la lancha justo con la subida de una ola y sincronizando la velocidad para que fuésemos exactamente igual y no nos volcase la ola de detrás ni la que nos llevaba.

Ahora ya estoy a Colón (no, no fui desde Miramar hasta Colón por agua), y más o menos estoy recuperado, ni que todavía tengo el chichón. Todavía me siento bastante cansado, pero bueno, creo que puedo aguantar hasta finales de febrero (lo acabaré de decidir en Panamá, si veo que no me acabo de recuperar, entonces vuelvo hacía aquí).

Y entonces, diría que esto es todo…el resto sigue genial, la vida es fabulosa, estoy feliz de haber sobrevivido para tener todavía más aventuras, y…ya sabéis, lo habitual.

Y vosotros, ¿como estáis?